Aire

Tengo una amiga que siempre dice, que cuando se cierra una puerta se abre un balcón y que si no, siempre queda la opción de abrir una ventana. Yo esto no lo tengo muy claro, mis puertas, ventanas, balcones y cualquier cosa que se pueda abrir y cerrar lo hacen por voluntad propia y sin contar demasiado conmigo.

Lo que yo creo es que tanta ventana, balcón y puerta abierta lo único que consiguen es crear una corriente que me vuelve loca. Y de repente, se cierra la puerta de un portazo sin previo aviso. ¡Y cómo duele quedarte sin aire! Entonces empiezas a tomar precauciones para que no se vuelva a abrir y echas la llave con doble vuelta.

Da igual lo que hagas, si la corriente se empeña en estar en tu vida, la puerta se abrirá o mejor dicho, tu misma la abrirás para volver a sentir que esa brisa que tanto te gusta. Aunque sabes que esa corriente no te conviene, no eres capaz de cerrar esa puerta del todo y vuelves a abrirla de par en par. Tal vez no sea la que tienes que abrir, pero es inevitable hacerlo. Es la puerta que te da el aire que necesitas. Sabes que eres capaz de cerrar puertas, recuerdas alguna que cerraste a cal y canto y que jamás volvió a abrirse, aunque costara atrancarla.

Lo que pasa es que te gusta esa corriente, de hecho, admites que no sabes estar sin esa ella, te encanta como te hace sentir. Y ese aire fresco hace que olvides ese dolor que sentiste cuando dio el portazo y te pillo desprevenida sin poder respirar. Así que decides disfrutar de las caricias del viento en tu piel, de como enreda tu pelo y de ese estado de locura. No te fías un pelo de que la puerta vuelva a cerrarse y miras de reojo de vez en cuando, parece que no tiene intención de dar un portazo, pero tu mejor que nadie sabes que en cualquier momento se cerrará. Dejarás de sentir esa brisa otra vez y lo que es peor volverá a doler, porque lo hará justo cuando no estés mirando, cuando menos te lo esperes, notarás como el aire se acaba. Esa puerta traicionera ya se ha abierto y se ha cerrado tantas veces, que sabes muy bien lo que es quedarte sin aire y después recuperarlo. Sabes también que esa puerta te trae un huracán del que no puedes escapar y se te mete dentro, te pone del revés todos los esquemas, te lleva hacer cosas que pensaste que nunca harías y te encanta que sea así. Porque jamás habías sentido en tu piel una brisa semejante. Así que pese a todo, decides volver abrir la puerta, disfrutar del momento y a ver que pasa.

Tu por si acaso, haces caso a tu amiga, en eso de tener balcones y ventanas abiertas, al fin y al cabo, nunca se sabe por donde te va a dar el aire.

Un beso…

Un pensamiento en “Aire

  1. Dicen en Cádiz, que el Levante gaditano hace estragos y vuelve locos a los habitantes de la Bahía. Después de varios días de Levante, cuando el viento amaina, empieza a soplar de Poniente que también les altera. También dicen, que si son lo que son (y son mucho), es porque al final no sabrían vivir sin los vientos en cuestión.
    Los aires, los vientos, las rachas, los temporales, los ciclones e incluso los huracanes, están ahí para se abran nuestros pulmones en función de su intensidad, para que los respiremos en cada momento en la medida que queramos.
    Las brisitas son agradables al principio, pero se vuelven monótonas y carentes de alicientes. Cuando soplan vientos muy fuertes, aun a riesgo de que produzcan portazos ó caídas de macetas, siempre estas más alerta, te sientes más vivo. Y si el vendaval te arrastra, siempre tienes dos opciones: dejarte arrastrar ó llenarte los bolsillos de piedras. Y las dos son buenas.

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